Si hay alguna acción, existe algo, y en la medida en que existe algo, existe algún sujeto. La acción constituye al sujeto: si algo no hace, no es. Ser es hacer. Ser es una acción que puede ser constituida de otras o que puede ser la unidad mínima de la existencia. En el sujeto humano, la acción de ser es constituida por alguna acción que sea pensamiento, sensación y expectación. La acción otorga identidad y por lo tanto característica a las cosas. El “cogito ergo sum” es la afirmación de lo que digo: si hay pensamiento, algo hay que sea pensamiento, y ese algo es el sujeto que se constituye de pensamiento.
El pensamiento es fenómeno que se presenta a sí mismo: algo que sucede, se percibe y se abstrae. Hablamos entonces de una sensibilidad, de algo que percibe, que es espectador a través de sí mismo. Es necesario decir pienso (en el “pienso, por lo tanto existe”) porque a través del pensamiento es que se puede saber, pero claro, no ignoramos que además de pensamiento hay sensación, que parece ser en esencia aquello que es el sujeto humano: un espectador. Un espectador del tiempo y del espacio, de aquello que sucede. El humano en cuanto a pensamientos y sensaciones es mero sueño producido por un espectador que parece ser nada.


Es válido decir entonces, que hay sueño y no hay soñador, ya que este soñador sería sueño también. Es sueño en la medida en la que su existencia no está soportada por la verdad y la universalidad y no está soportada en la medida en la que hay ignorancia. Cuando digo que hay sueño, pero no hay soñador, refiero al soñador que soporta al sueño, no al constituido por éste. Dios es el soñador ausente.

Autor: Daniel Valencia, Medellín, Colombia

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